
¿Che, ustedes de dónde son? Con esas palabras y un acento bien porteño, se dirigió Charles a nuestra mesa para preguntarnos nuestro origen. A pesar de su argentinidad en el lenguaje, nos llevamos la sorpresa de que no era compatriota nuestro, sino francés. Sin embargo, sus raíces son sudamericanas: su madre es argentina y gran parte de su familia vive repartida entre Buenos Aires y Córdoba.
Charles está en Dali, disfrutando de unas “largas vacaciones” como él mismo define. Llegó hasta aquí por recomendación de un amigo que se encuentra realizando trabajo social en uno de los pueblos cercanos. “Yo estaba dando vueltas por el mundo y me tentó mucho la idea de conocer China. Además a los dos nos gusta el trekking y era una buena oportunidad para ir a perderse por algunos de los lugares más bellos de esta región”, asegura Carlos, como pide que le digamos, mientras en francés le dice a su amigo que traiga unos vinos artesanales que nos van a acompañar el resto de la entrevista.
A pesar de no aparentarlo, detrás de su barba Charles esconde sólo 26 años. Egresado de una de las universidades más prestigiosas de París, en donde estudio negocios, su vida tomó un rumbo inesperado tres años atrás. Una empresa petrolera francesa le ofreció un puesto como jefe de operaciones en una misión terrestre de prospección petrolera. Era un trabajo que nunca pensó realizar, pero que le permitiría combinarlo con una de sus pasiones: viajar. La primera misión que tuvo que afrontar fue en Venezuela. Allí, el saber hablar español le facilitó la tarea frente a decenas de operarios locales. Al país sudamericano le siguieron experiencias en Cuba, Túnez, Libia, Argelia y Arabia Saudita.
“Lo más fuerte que me tocó vivir fue en Cuba. Allí, me cayó la ficha de la responsabilidad que tenía. Un día se desató una tormenta y había que decidir si íbamos a buscar a gente que estaba en una de las plataformas o no. Es increíble que de tu palabra pueda depender la vida de personas que conoces hace días”, señala Carlos.
Con el pasar de las misiones, el romance de Carlos con su trabajo fue cada vez menos intenso, hasta que en Arabia Saudita decidió ponerle punto final a una relación de casi tres años. “El límite fue Arabia Saudita. Ya venía cansado del trabajo y la cultura de medio oriente terminó de saturarme. No puedo comprender bajo ninguna circunstancia, la hipocresía con que viven los hombres de ese lado del mundo y la forma en que tratan a las mujeres”, sentencia con una copa media llena en su mano izquierda.
Después de esa experiencia, agarró sus cosas y comenzó a viajar por diferentes países, a pesar de lo que le sugería su familia. “Yo vengo de una familia aristocrática de Francia. Si bien tuve el apoyo de mis familiares cuando decidí meterme en esto, siempre fui como un ‘bicho raro’ para mi entorno. Sobre todo ahora, que decidí dejar todo y comenzar este viaje. Voy en busca de una verdad respecto a lo esto que me rodea y a lo que soy como persona” señala sin vacilar.
Ahora en Dali, parece haber encontrado el lugar ideal para explorar esa búsqueda, sobre todo en los trekking que organiza con su compañero de ruta. “Hacer trekking es algo que no tiene comparación con nada. Es una actividad en la que se está todo el tiempo en contacto con la naturaleza, sufriendo y disfrutando al mismo tiempo. Además en las travesías el contacto con la parte de adentro de uno, se da plenamente”
Las copas de vino se vaciaron. Pasaron casi tres horas desde que empezamos a conversar. La charla transitó por todos los temas posibes: política, historia, comida, mujeres. El dueño del hostel nos avisa que no puede quedar gente acá. Antes de irnos, intercambiamos mails y prometemos continuar la charla en algún lugar del planisferio.



