
Un día y medio. Eso fue lo que tardamos hasta llegar a Lijiang. Hasta aquí vinimos luego de escuchar a varios turistas que conocimos en Chengdú. Todos nos decían lo mismo: vayan para el lado Oeste, que allí van a poder ver a una China más auténtica. Decidimos modificar nuestro itinerario original y nos aventuramos a viajar 36 horas en micro para llegar a un lugar que era una incógnita.
En el micro que nos llevó por una de las rutas más pintorescas de nuestra travesía asiática, empezamos a descubrir que lo que nos habían dicho era verdad. Los campos de arroz con los campesinos trabajando, las pequeñas casas precarias en medio de montañas y una vegetación fértil que se formaba al costado de los ríos, dibujaban un paisaje que transmitían sensaciones jamás antes percibidas.
Arribados al pueblo, nos dirigimos hacia uno de los hostels. Debido al esfuerzo por preservar las calles, a la ciudad antigua sólo se puede ingresar caminando. Rodeado de canales y calles de piedra, perderse por sus angostos pasillos puede ser una de las actividades más fascinantes. Mientras se intenta, sin suerte, llegar al destino final del trayecto se pueden descubrir personajes y situaciones que definen la esencia del lugar.
Situada en la parte norte de la provincia de Yunnán, Lijiang es conocida por tener una de las ciudades viejas mejor preservadas de China y también por ser el lugar de residencia de los Naxi, una cultura que conserva rasgos de una estructura matriarcal, en donde las mujeres son la cabeza de la familia
La ciudad vieja, que es la única de toda China en no ser amurallada, tiene varios negocios que atraen a cientos de turistas. En su mayoría, jóvenes Chinos bohemios que con sus instrumentos todas las noches se ponen a zapar en medio de la plaza de la ciudad. Por sus pequeñas calles de piedra, se suceden un gran número de bares y restaurantes que permiten relajarse mientras se disfruta de los acordes de un músico tocando en el lugar.
A menos de cinco minutos de la ciudad vieja se encuentra la Piscina del Dragón Negro, un parque donde se puede disfrutar de un silencio absoluto en medio de montañas y pequeñas construcciones orientales. Si se suben los cientos de escalones que hay hasta la cima, se puede acceder a una vista increíble de la ciudad vieja y el lago. En este parque los Naxis creen que viven sus dioses. Por esta razón es que el agua del lago baja hasta los canales, para “purificar la vida de la ciudad”.
La cultura Naxi está presente en todo el pueblo. Así, se pueden observar cómo todos los dueños de los negocios son, en su mayoría, mujeres. Este es el caso de la Mama Naxi, la dueña del hostel en el que estamos. Su apodo muestra a las claras cómo es el trato que le da a todos los turistas. Como no podía ser de otra forma, en nuestra despedida, se portó como tal. Nos dio un beso maternal, una manzana y un amuleto a cada uno. El motivo: nos estamos yendo a hacer uno de los treckings más famosos de China, el Tiger Leaping Gorge.



