
El mito popular dice que la Gran Muralla China es la única construcción humana que puede verse desde la luna. Como el presupuesto no nos alcanzaba para un viaje intraestelar decidimos movernos hasta las afueras de Beijing para tener un encuentro cercano con una de las siete nuevas Maravillas del Mundo.
A diferencia de lo que comúnmente se cree, la Muralla no tiene un trazado continuo. A partir del 400 a.C., sucesivas dinastías chinas fueron levantando muros con el fin de defender sus tierras de los ataques de los bárbaros. A lo largo de 20 siglos, varias de estas partes se fueron uniendo, mientras que otras quedaron aisladas o fueron destruidas. De los más de 20.000 km de extensión originales, que separaban el norte de China de la frontera con Mongolia y Manchuria hoy sólo se conserva el 30%. Aunque parezca sólo historia, este dato fue fundamental a la hora de planear nuestra visita a la Muralla, dado que lo primero que hay que elegir es por dónde empezar.
Badaling es la parte más accesible de la Muralla, que ha sido restaurada para facilitar el acceso de los turistas. Al llegar, el paisaje ofrece un espectáculo imponente. La vista se pierde entre las nubes y las montañas tratando de seguir el trazado del muro, que parece no acabar jamás. Ante tanta majestuosidad, es inevitable preguntarse cómo lograron construir una fortificación de tal tamaño y extensión. La respuesta: miles y miles de trabajadores apilando piedra caliza día y noche, durante 2000 años. Según cuentan las leyendas, 10 millones de hombres murieron durante la obra y siguen enterrados bajo los muros.
El entusiasmo de las primeras impresiones cayó en picada cuando nos dispusimos a transitar los pasadizos de la Muralla. La realidad es que por ser la parte más cuidada de todas (luce casi como la construcción original), Badaling está repleta de gente, lo que hace que caminar sin empujar o tropezarse con alguien sea una misión casi imposible. Por ello, nos dedicamos a sacar un par fotos (hay que encontrar lugares estratégicos donde nadie se cruce delante de la cámara) y tras un rato de caminata accidentada, emprendimos la retirada.
Satisfechos, pero no del todo conformes, averiguamos un poco más acerca de las otras secciones que se podían visitar en las afueras de de Beijing, y al día siguiente fuimos a Simatai, una parte que se conserva casi intacta desde hace dos siglos. Aquí la experiencia fue completamente distinta. Esta fracción de la Muralla es poco frecuentada, por lo que pudimos atravesar los 12 kilómetros de caminata casi en soledad, sólo en contacto con la naturaleza y entre las ruinas de la construcción, que le agregan un grado de realismo al paisaje milenario. Laderas empinadas maltrataron a nuestras piernas y casi nos dejan sin aire en un par de tramos, pero no faltaron campesinos ofreciéndonos agua fresca y, de regalo, alguna que otra historia, como la que cuenta que durante los tiempos de la dinastía Ming, más de dos millones de guerreros custodiaban la frontera resguardados tras las mismas paredes en las que estábamos apoyados en aquel instante.
Caminamos sobre una de las construcciones más famosas del mundo, conocimos ms a fondo la historia de una de las nuevas maravillas y, por unas horas, nos dimos el gusto de viajar en el tiempo.



