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Mayo, 2009

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Dejamos atrás el glamour de Singapur. Las calles limpias, el transito ordenado, los subtes en perfecto estado y los edificios lujosos. Nos vamos de uno de los países más importantes del continente asiático, destacado por su desarrollo económico, industrial y tecnológico. Proximo destino: Kuala Lumpur, Malasia

Para llegar a esta ciudad teníamos varias alternativas: tren, micro o avión. Como era de esperar, no elegimos ninguna de estas tres opciones debido a un tema netamente económico. Decidimos que la mejor variante era tomarnos un colectivo de línea hasta la frontera, cruzar caminando migraciones de ambos países y de ahí tomar otro que nos llevara hacia la capital de Malasia. Una vez que averiguamos bien el recorrido, todas nuestras referencias nos indicaban que nos esperaba una jornada aproximada de cuatro horas. (Vale aclarar que Proyecto Kiwi decidió viajar un viernes por la mañana, feriado nacional en Singapur, es decir: un fin de semana largo donde la mayoría de los locales buscan despejar sus mentes en playas e islas paradisíacas del país vecino y otros tantos oriundos de Malasia aprovechan para visitar a familiares y amigos).

Ese pequeño detalle provocó que todo se complique. Colas interminables para subir a los colectivos, caos de transito como al que estamos acostumbrados a vivir en Buenos Aires los viernes por la tarde y un calor de aproximadamente 35 grados que coronaba el día. Luego de una hora y media de viaje llegamos a la frontera. Allí hicimos los tramites migratorios de Singapur en pocos minutos y fuimos en busca de los micros que cruzan el puente de 2 km que une ambas migraciones. Imposible. El playón de espera de micros era una especie de previa de un Boca-River. Miles de personas empujando y gritando, llenas de bolsos, valijas y bolsas, buscando un lugar en uno de los colectivos con tal de no caminar. Nosotros asombrados, decidimos evitar ese delirio global y caminar. El reloj marcaba las 12 del mediodía, el sol, sin nubes a su alrededor, era una especie de martillo sobre nuestras cabezas y las mochilas de 15kg eran similares a tener un elefante en la espalda. Ese, fue el primer panorama luego de caminar 100 metros, rodeados por una fila interminable de autos, motos y micros que entre bocinas y humo buscaban llegar lo antes posible a migraciones. Del otro lado, alambres de puas de más de 3 metros y torres de control que emulan la famosa frontera de Mexico con Estados Unidos. Nosotros solos en el medio de todo esto. Recién ahí, entendimos porqué la gente preferia agolparse y subir a un micro antes que caminar bajo los rayos del sol.

Cuarenta minutos mas tarde, luego de varios descansos llegamos a migraciones de Malasia. Devastados, traspirados como si hubiéramos jugado la final de la Copa del Mundo. Mientras esperábamos que nos sellen los pasaportes, la gente se divertía comentando nuestro estado deplorable.

Una vez en Malasia, tomamos un colectivo de línea que debido al tráfico tardo seis horas en depositarnos en el centro de la ciudad. A lo lejos vimos el ícono de Kuala Lumpur, las Torres Petronas. Casi sin importarnos buscamos un hostel donde descansar. La jornada calculada de cuatro horas se había convertido en un martirio de más de 10. Así llegamos. Así nos recibio Malasia.

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A sólo medio kilómetro de las autopistas y edificios que colman el centro de Singapur, se encuentra la isla Sentosa. Tal como su nombre en idioma Malayo lo indica, “paz y tranquilidad” es lo que van a buscar las más de 4000 personas que por día recorren sus playas y atracciones.

Cruzamos de costa a costa en cable carril, que a 150 metros de altura hace que la isla parezca una maqueta. Una vez en tierra firme, el panorama no es muy diferente: Sentosa es en realidad una playa artificial creada para que los habitantes de Singapur tengan la opción de alternar lo gris y ruidoso de la ciudad por un paisaje más placentero. Las palmeras y la arena fina imitan a la perfección el estilo caribeño, pero el mar y el horizonte suelen ser arruinados por los centenares de barcos que esperan entrar al puerto de Singapur, uno de los más importantes de Asia. De cualquier modo, no pudimos evitar meternos al agua para apagar los casi 40 grados que marcaba la sensación térmica.

Para escaparle al sol del mediodía almorzamos en uno de los bares de la costa, pero si el presupuesto lo permite también están los restaurantes del Amara o el Capella Hotel, los dos cinco estrellas de la isla. Durante la digestión, decidimos dejar de lado el Parque de Insectos y Mariposas y la Torre del Tigre y nos dirigimos o la más popular de las atracciones, el Mundo Subacuático. Este oceanário, abierto en 1991, alberga casi 3000 ejemplares marinos, entre los que se encuentran los Delfines Rosas. Reservando con tiempo y pagando casi 200 dólares, se puede nadar con estas magníficas criaturas. En nuestro caso, nos conformamos con visitar la Pileta de las Rayas, donde se puede sumergir los brazos e intentar tocar a los exóticos peces (tal vez no sea tan fascinante como nadar con mamíferos, pero es definitivamente más económico).

La tarde terminó con un par de partidos de voley en la orilla Fuerte Siloso, la playa más popular del lugar, con una audiencia entre la que se mezclaban grupos de amigos disfrutando de tragos en los bares y familias que salían de a visitar los parques temáticos.

Palmeras, arena, mar y actividades al aire libre, todo lejos del caos rutinario de la ciudad, que hacen de Sentosa un oasis en Singapur.

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A medida que nos alejamos del centro de la ciudad, poco a poco las torres de concreto desaparecen de nuestra vista. Atrás van quedando los modernos shoppings, los autos y el ruido de una ciudad que se asemeja más a una escenografía que a una realidad. Lentamente el aire que respiramos es cada vez mas fresco, producto de los cientos de árboles que se suceden uno tras otro por los costados de la autopista. Los carteles con los kilómetros restantes con imágenes de monos, elefantes y tigres se acontecen con más frecuencia. Estamos a minutos de llegar a una de las atracciones principales de Singapur, el Jardín Zoológico.

Pagada la entrada, nos dirigimos hacia donde se encuentran los tigres blancos de Asia, protagonistas estelares del lugar. Lo primero que se nos cruza por nuestros ojos, son cientos de turistas disparando sin cesar sus ultimas cámaras digitales, en un bullicio constante que nos hace olvidar de la tranquilidad con la que llegamos. Por entre la cabeza de los turistas, se puede ver a uno de ellos. Caminando de un lugar a otro, incómodo por la situación, parece no adaptarse a esta nueva vida. Seguramente no eligió estar aquí, en un espacio reducido, frente a la vista de desconocidos. Habrá sido esta la causa de lo que ocurrió el año pasado nos preguntamos. En noviembre, estos tigres fueron noticia en todos en el mundo porque mataron a un cuidador. Sin embargo aquí nadie quiere hablar sobre ese hecho. No hay placas ni nadie que recuerde a ese hombre que tal vez fue victima de una revancha de la naturaleza.

Mientras continuamos con la recorrida, podemos comprobar por qué el zoológico se define como el primero en ser de “concepto abierto”. Esto significa que no tienen jaulas y que promueven la interacción de la gente con los animales. A pesar de ser diferente a un clásico zoológico, por nuestra cabeza sigue rondado imagen de los turistas y el tigre. ¿Hicimos bien en pagar por ver un espectáculo así? Mientras nuestras contradicciones continúan, las especies y los animales se van sucediendo a medida que caminamos por el lugar. Todo es una foto, los elefantes, los leones, los monos Todos quieren llevarse un recuerdo.

Además del recorrido tradicional, el zoológico, considerado como el mejor de Asia, ofrece un safari nocturno. Una supuesta danza de aborígenes “modelos 2009” da la largada inicial para que los carros que transportan a los turistas comiencen a circular.

El sol ya se escondió y la oscuridad domina la escena. Desde nuestros asientos podemos ver como algunos animales comen mientras otros intentan dormir escapando de la luz incansable de los flashes, que continúan iluminando el lugar. En 30 minutos ya estamos abajo del carro. El supuesto safari termina. Nos vamos del zoológico. Volvemos a la escenografía. ¿O nunca nos fuimos?

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