
Dejamos atrás el glamour de Singapur. Las calles limpias, el transito ordenado, los subtes en perfecto estado y los edificios lujosos. Nos vamos de uno de los países más importantes del continente asiático, destacado por su desarrollo económico, industrial y tecnológico. Proximo destino: Kuala Lumpur, Malasia
Para llegar a esta ciudad teníamos varias alternativas: tren, micro o avión. Como era de esperar, no elegimos ninguna de estas tres opciones debido a un tema netamente económico. Decidimos que la mejor variante era tomarnos un colectivo de línea hasta la frontera, cruzar caminando migraciones de ambos países y de ahí tomar otro que nos llevara hacia la capital de Malasia. Una vez que averiguamos bien el recorrido, todas nuestras referencias nos indicaban que nos esperaba una jornada aproximada de cuatro horas. (Vale aclarar que Proyecto Kiwi decidió viajar un viernes por la mañana, feriado nacional en Singapur, es decir: un fin de semana largo donde la mayoría de los locales buscan despejar sus mentes en playas e islas paradisíacas del país vecino y otros tantos oriundos de Malasia aprovechan para visitar a familiares y amigos).
Ese pequeño detalle provocó que todo se complique. Colas interminables para subir a los colectivos, caos de transito como al que estamos acostumbrados a vivir en Buenos Aires los viernes por la tarde y un calor de aproximadamente 35 grados que coronaba el día. Luego de una hora y media de viaje llegamos a la frontera. Allí hicimos los tramites migratorios de Singapur en pocos minutos y fuimos en busca de los micros que cruzan el puente de 2 km que une ambas migraciones. Imposible. El playón de espera de micros era una especie de previa de un Boca-River. Miles de personas empujando y gritando, llenas de bolsos, valijas y bolsas, buscando un lugar en uno de los colectivos con tal de no caminar. Nosotros asombrados, decidimos evitar ese delirio global y caminar. El reloj marcaba las 12 del mediodía, el sol, sin nubes a su alrededor, era una especie de martillo sobre nuestras cabezas y las mochilas de 15kg eran similares a tener un elefante en la espalda. Ese, fue el primer panorama luego de caminar 100 metros, rodeados por una fila interminable de autos, motos y micros que entre bocinas y humo buscaban llegar lo antes posible a migraciones. Del otro lado, alambres de puas de más de 3 metros y torres de control que emulan la famosa frontera de Mexico con Estados Unidos. Nosotros solos en el medio de todo esto. Recién ahí, entendimos porqué la gente preferia agolparse y subir a un micro antes que caminar bajo los rayos del sol.
Cuarenta minutos mas tarde, luego de varios descansos llegamos a migraciones de Malasia. Devastados, traspirados como si hubiéramos jugado la final de la Copa del Mundo. Mientras esperábamos que nos sellen los pasaportes, la gente se divertía comentando nuestro estado deplorable.
Una vez en Malasia, tomamos un colectivo de línea que debido al tráfico tardo seis horas en depositarnos en el centro de la ciudad. A lo lejos vimos el ícono de Kuala Lumpur, las Torres Petronas. Casi sin importarnos buscamos un hostel donde descansar. La jornada calculada de cuatro horas se había convertido en un martirio de más de 10. Así llegamos. Así nos recibio Malasia.



