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Abril, 2009

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Esa delgada línea que separa la racionalidad de la locura. Ese instante inimaginable que llaman la muerte. ¿Cómo explicar un atentado? ¿Cómo evitarlos? ¿A quién culpar? Preguntas sin respuestas. Preguntas que millones de personas se hicieron la mañana del 13 de octubre del 2002, cuando se enteraron por medio de los diarios que más de 200 jóvenes habían sido victimas de un atentado en una disco de la ciudad más turística de Indonesia, Bali.

“Durante 48 horas no hubo forma de comunicarse con la isla. Los teléfonos y las conexiones a internet estaban saturados. Miles de familias de todo el mundo querían tener noticias de sus hijos, que se encontraban de vacaciones. La desesperación que se vivió y el clima de tensión que generó el atentado no tiene comparación con nada. Es el día de hoy que me acuerdo de esa noche y se me pone la piel de gallina”, relata Mark Dejiuh, un Indonés de 45 años que desde hace 12 es taxista en Bali. “Esa noche, como la mayoría de los días, estaba dando vueltas por el centro en busca de pasajeros. Treinta minutos antes de la tragedia se subieron al taxi una pareja de ingleses y me pidieron que los lleve hasta un Spa Hotel ubicado a 25 minutos del centro. Mientras volvía manejando para acercarme a la parte de más movimiento sentí un ruido que tengo intacto en la memoria. Un estruendo impresionante seguido de una llamarada que ilumino el cielo”, cuenta y de repente, como por arte de magia, deja de hablar. Un clima de melancolía y tristeza invaden la entrevista. Mark nos cuenta que es la primera vez que habla de esto con un extranjero desde aquel día y que durante todos estos años trató de no hablarlo para olvidarse. “Aquella noche no murieron sólo turistas como salió en todos los diarios del mundo, murieron muchos amigos y compañeros que trabajan como vendedores en la calle, taxistas, empleados de boliches. Bali es una isla chica y muy unida, desde aquel día hasta hoy nunca volvimos a sentir la misma tranquilidad”.

– La noche del 12 de octubre de 2002 a las 23.05, un atacante suicida ingresó a la disco Paddy’s Pub y detonó una bomba ubicada en su mochila, causando que muchos concurrentes, heridos o no, huyeran inmediatamente hacia el exterior. Quince segundos después, una segunda y mucho más poderosa bomba escondida en un camioneta blanca Mitsubishi fue detonada por otro atacante suicida en las afueras del Club Sari. La explosión del coche bomba dejó un cráter de un metro de profundidad. El ataque terrorista fue el acto más mortífero en la historia de Indonesia, con un total de 202 personas asesinadas, de las cuales 164 eran extranjeros y 38 ciudadanos indonesios. -

Seis años más tarde, la misma calle está otra vez repleta de boliches, bares y pubs para que los turistas que llegan a disfrutar del mejor surf del mundo o simplemente de unos días de vacaciones, tengan todo al alcance de su mano. La noche en Bali es una de las atracciones principales de la ciudad. Jóvenes de todas partes del mundo se mezclan y bailan al compás de la música de moda. Atrás quedaron las preocupaciones, las responsabilidades laborales y las carreras universitarias. Bali se convierte en una suerte de burbuja atemporal que permite que cualquiera que la visite pueda disfrutar en plenitud tanto el día como la noche. Hoy, en su mayoría, los visitantes son jóvenes de entre 18 y 25 anos, muchos de ellos ni siquiera saben que hace más de seis años 202 inocentes perdían la vida sin ningún tipo de razón.

Uno de los actuales responsables del boliche Paddy, donde fue la tragedia, recorre el lugar con nosotros y nos hace prometer que no revelaremos su identidad en ningún medio. Una vez pactado empieza a contar su parte de la historia. “Fue imposible de preever el atentado, entran y salen miles de turistas por noche, contábamos con todos los medios de seguridad necesarios para garantizar el bienestar de todos. Una bomba excede a cualquiera”, cuenta mientras se remanga la camisa y nos muestra parte de las quemaduras que le quedaron luego de la noche de la tragedia en su cuerpo. El estuvo internado seis días con heridas leves al igual que otras 250 personas pudieron escapar de entre los escombros o ser rescatadas por bomberos, policías y médicos.

Hoy las medidas de seguridad son más elevadas. Detectores de metales, y mayor cantidad de personal de seguridad fueron los elementos elegidos para reforzarla. Sin embargo, países como Australia y Estados Unidos (principales afectados) siguen recomendando no visitar Indonesia luego de la tragedia. Algo difícil de entender, ya que aquellos que visitan esta paradisíaca isla no hacen más que hablar maravillas y recomendarla entre sus conocidos.

Bali es una caja de sorpresas. Un lugar único para surfear y disfrutar del mejor mar en el mundo que se combina con una de las más increíbles noches del planeta. Donde los prejuicios, las religiones, las razas quedan de lado para que la protagonista principal sea la música.

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Pasaron tres meses y medio. Historias, personajes y anécdotas quedaron atrás. Otra vez tenemos que empezar a armar los bolsos: pasajes, seguros médicos y mapas. ¿La razón?  Otra etapa comienza. Un nuevo destino: Asia. Nos vamos de Nueva Zelanda, donde estuvimos viviendo este tiempo. Fueron más de 100 días de trabajo en donde conocimos una cultura diferente a la nuestra.

Hoy arranca algo totalmente distinto. Una vida de mochilero, durmiendo en hostels baratos, camas incómodas y temperaturas de más de 40 grados. Será tiempo de recorrer y caminar por las calles de ciudades que pocos argentinos estuvieron. Días en los que habrá que despertarse muy temprano y acostarse muy tarde con un único objetivo: interactuar con diferentes culturas y poder reflejarlas a través de nuestra web. Pero acá estamos, no nos quejamos,  estamos felices y orgullosos de poder arrancar con esta travesía, esta parte tan esperada del proyecto.

Nuestro primer destino será Indonesia, más precisamente la isla de Bali. Desde allí, la capital del surf mundial, volveremos a dar señales de vida para contarles todo acerca de nuestro debut en el continente asiático.

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Apenas pasan unos autos. Hoy es domingo y casi ninguno se detiene. Todos vienen con los asientos ocupados. Hijos, amigos, tablas de surf y perros no dejan lugar vacío. En 15 minutos, este lavacopas tiene que estar frente a una pileta repleta de platos y cacerolas. Mientras la preocupación va en aumento, el dedo pulgar a 90 grados sigue firme como estatua tratando de conmover a algún conductor. El sudor comienza a correr por mi cara y mis pensamientos se van hacia alguna de las playas de esta pequeña isla de Nueva Zelanda, Waiheke. De repente, ese sueño se ve frustrado. Una camioneta se detiene. No hay vuelta atrás. Hay que ir a trabajar.

Un hombre canoso de pelo largo es el chofer en esta ocasión. Puede dejarme a mitad de camino. El tiempo es mi enemigo y antes de pensar mi respuesta, ya estoy en el asiento del acompañante abrochando mi cinturón. Mientras el auto comienza a marchar por la calle principal, surge la conversación. Mi acento y mi aspecto son diferentes a los de un kiwi, como llaman a los que nacieron aquí. Soy una novedad en esta isla de seis mil habitantes. Las preguntas típicas acerca de dónde soy, qué estoy haciendo aquí y todos esos interrogantes que sirven para que el viaje sea un poco más agradable, se suceden una a una. Mientras, por las ventanas se ven playas y casas que parecen las de un barrio de alguna serie yankee, donde todo está limpio y reluciente. Le cuento que soy argentino, que estoy llevando a cabo un proyecto periodístico junto a dos colegas y que lavo copas en el bar más concurrido de toda la isla. Él comenta que es inglés, que vive aquí hace más de quince años y que se fue de su Inglaterra natal durante su adolescencia, pensando en viajar por unos meses que luego se transformaron en años.

El hombre llega al supermercado. Fin del camino, al menos del suyo. Sin embargo, el auto no se detiene. Dice que no hay problema, tiene tiempo para llevar a un lavacopas hasta su trabajo. Y de contarle que es el único hombre en todo el mundo que organiza viajes en moto a la India, uno de los países con más historia del mundo, una meca espiritual, turística, cultural. Un viaje.

Ver nota publicada en el diario Crítica

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