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Marzo, 2009

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Andrew anda siempre con el mismo jean roto, un saco avejentado y una gorra que tiene más años que él. No tiene dirección, ni residencia fija. Él mismo sentencia que su lugar en el mundo es la calle. “Toco allí porque no existen jefes ni horarios”, cuenta mientras desenfunda su guitarra de un estuche pintarrajeado con aerosol naranja.

Más conocido como Andy Blue, este músico de largos 40 años ha recorrido el mundo cantando en esquinas de grandes ciudades como también en remotos pueblos perdidos. “Estuve en muchos lados, desde Londres hasta la India. Cada lugar es diferente y tiene su encanto propio, pero mi favorito es Escocia.”, agrega Andy, ya que para él “no existe un público tan receptivo como el que camina por las calles de Edimburgo. Sobre todo los jóvenes se quedaban escuchando horas mientras yo improvisaba acordes en la puerta de algún negocio de por ahí”, resalta mientras apaga un cigarrillo y sin perder tiempo empieza a enrolar uno nuevo.

Nacido en plena década del 60 en un suburbio de Auckland (Birkinhead), Andy se crió escuchando rock. “Mis canciones de cuna fueron los temas de Dylan y Hendrix. Creo que sabía tocar la guitarra antes de aprender a sumar”, confiesa, y agrega: “Mi padre era músico y de él herede la pasión por las cuerdas. Cuando tenía sólo cuatro años me compró mi primer instrumento y desde ese momento nunca dejé de tocar”.

Empezó zapando en las calles de Auckland a los 19 años. Gracias a la espectacularidad de sus temas combinada con la generosidad de la gente que tiró algunas monedas en su gorra, en poco tiempo logró ahorrar dinero para viajar. Su primer destino fue Los Ángeles. “Estados Unidos fue un buen comienzo. Luego seguí camino a Europa y más tarde a Asia. Viajé por más de 16 años”, recuerda.

Hace algunos años Andrew volvió a Nueva Zelanda, más precisamente a Waiheke Island. En esta pequeña isla deleita hoy a quienes caminan por los cafés y bares de la zona céntrica, aunque revela que en poco tiempo viajará a América Latina “Espero conocer a muchos músicos criollos”, dice.

Con un poco de suerte tal vez se lo crucen por alguna peatonal de Buenos Aires y recién ahí entenderán por qué es imposible no detenerse a escuchar cuando Andy hace sonar su guitarra.

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Si esto se tratara de un juego, pocos acertarían la profesión del hombre de la foto. Probablemente nadie diría que Daniel se dedica a la docencia: es profesor de cultura Maorí en uno de los primarios de Waiheke.  - La extravagancia de su tatuaje  puede llegar a incomodar a cualquiera que le hable cara a cara. Una mezcla de prejuicios nos acompañan desde el comienzo de la nota.-

Daniel nos recibe una mañana en su casa. Nos invita a sacarnos las zapatillas antes de entrar, en señal de respeto al ingresar en una casa maorí.  En la mesa del comedor nos espera junto a su esposa, Allanah, con unos cafés calientes. Sin vacilar, su primera confesión es que acaba de terminar de fumar marihuana con su mujer y que por eso no quiere que le tomemos fotos. - Maorí, fumado, tatuaje en la cara. ¿A dónde nos metimos?, nos preguntamos los tres en silencio.-

La entrevista comienza y con el correr de los minutos nos damos cuenta de por qué Daniel eligió ser maestro.  Su forma de hablar, pausada y lenta, delatan la elaboración de cada respuesta. “Toda mi vida supe que debía hacerme este tatuaje para fortalecer los lazos maoríes de mi familia. Cada línea que ven, representa una parte fundamental de mi vida y de la historia de mis ancestros”, explica refiriéndose al diseño que lleva en su rostro.

- Nuestros ojos buscan el tatuaje constantemente. Es casi un acto reflejo querer contemplar semejante dibujo en el lugar más visible de cualquier persona: su cara.- Esta marca de por vida, es denominada “Ta Moko”. Su práctica se remonta a miles de años atrás. “En el caso de los Maoríes el tatuaje es un signo de identidad. Cada diseño une al ser humano con sus antepasados y por eso es único e irrepetible”, cuenta Daniel y agrega: “Originalmente una de sus funciones era alejar a espíritus no deseados e incluso intimidar a enemigos en posibles batallas. Hoy, sigue teniendo el mismo significado. Es mi escudo y mi arma contra aquellos que quieren acabar con mis ideales”.  -Mientras, nuestros prejuicios se comienzan a alejar. Nos sentimos cómodos por primera vez de la mañana.-

El día que comenzó a tatuarse la cara tenía 17 años. Sólo su bisabuela se había hecho algo similar dentro de su familia. La tradición del tatuaje facial resurgió en la década del 90 como símbolo de la reafirmación cultural. “Me gustaría que la gente no se preocupe tanto por si tengo la cara tatuada, ando descalzo, o tengo rastas. Todos deberíamos aprender a respetar al otro por lo que es y no por lo que se ve”, sentencia Daniel. - La charla finaliza. Daniel nos saluda pronunciando unas palabras en maorí y nos vamos de su casa. Mientras caminamos por las escaleras que nos llevan a la calle, los tres coincidimos una vez más en que los prejuicios no sirven para nada.-

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Existen muchos bares temáticos. Los hay de música, deportes, cine y hasta de muñecas, pero “Minus 5º”(Menos cinco) se diferencia de todos por su excentricidad: está construido totalmente de hielo.

Desde afuera parece un local más, pero en su interior imita a un iglú super moderno. Para donde se mire, lo único que se observa es hielo. Mesas, sillones, barras y esculturas son tallados a mano por un artista que se encarga de su renovación cada quince días.

Para ingresar se necesitan 20 dólares y un par de pantalones largos, ya que del guardarropas del lugar se pueden tomar prestadas camperas térmicas y guantes. Estos últimos son altamente recomendados para proteger las manos, ya que hasta los vasos donde se sirven los tragos son de hielo.

Si la idea es pasar una noche larga, este lugar no es la mejor elección, dado que por el clima bajo cero, sólo se permite una estadía máxima de treinta minutos. De todos modos, ese tiempo basta para lo que realmente importa: sacar unas cuantas fotos que inmortalicen el exótico momento, siempre y cuando el foco de la cámara no se congele

Al igual que en Auckland, el bar se puede visitar en otras cinco ciudades del mundo: Gold Coast y Sydney, Australia; Las Vegas, EE.UU.; Viseau, Portugal y Queenstown, en Nueva Zelanda.

Un bar diferente a todos, donde poco importa lo que se vaya a comer, tomar o bailar. Un bar, donde todas las miradas apuntan hacia el mismo personaje, el hielo.

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