Andrew anda siempre con el mismo jean roto, un saco avejentado y una gorra que tiene más años que él. No tiene dirección, ni residencia fija. Él mismo sentencia que su lugar en el mundo es la calle. “Toco allí porque no existen jefes ni horarios”, cuenta mientras desenfunda su guitarra de un estuche pintarrajeado con aerosol naranja.
Más conocido como Andy Blue, este músico de largos 40 años ha recorrido el mundo cantando en esquinas de grandes ciudades como también en remotos pueblos perdidos. “Estuve en muchos lados, desde Londres hasta la India. Cada lugar es diferente y tiene su encanto propio, pero mi favorito es Escocia.”, agrega Andy, ya que para él “no existe un público tan receptivo como el que camina por las calles de Edimburgo. Sobre todo los jóvenes se quedaban escuchando horas mientras yo improvisaba acordes en la puerta de algún negocio de por ahí”, resalta mientras apaga un cigarrillo y sin perder tiempo empieza a enrolar uno nuevo.
Nacido en plena década del 60 en un suburbio de Auckland (Birkinhead), Andy se crió escuchando rock. “Mis canciones de cuna fueron los temas de Dylan y Hendrix. Creo que sabía tocar la guitarra antes de aprender a sumar”, confiesa, y agrega: “Mi padre era músico y de él herede la pasión por las cuerdas. Cuando tenía sólo cuatro años me compró mi primer instrumento y desde ese momento nunca dejé de tocar”.
Empezó zapando en las calles de Auckland a los 19 años. Gracias a la espectacularidad de sus temas combinada con la generosidad de la gente que tiró algunas monedas en su gorra, en poco tiempo logró ahorrar dinero para viajar. Su primer destino fue Los Ángeles. “Estados Unidos fue un buen comienzo. Luego seguí camino a Europa y más tarde a Asia. Viajé por más de 16 años”, recuerda.
Hace algunos años Andrew volvió a Nueva Zelanda, más precisamente a Waiheke Island. En esta pequeña isla deleita hoy a quienes caminan por los cafés y bares de la zona céntrica, aunque revela que en poco tiempo viajará a América Latina “Espero conocer a muchos músicos criollos”, dice.
Con un poco de suerte tal vez se lo crucen por alguna peatonal de Buenos Aires y recién ahí entenderán por qué es imposible no detenerse a escuchar cuando Andy hace sonar su guitarra.




