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Febrero, 2009

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La pacífica Waiheke Island, catalogada como uno de los mejores 10 destinos turísticos del mundo, guarda bajo sus suelos un secreto antiguo.

Para descubrirlo, hace falta llegar hasta uno de los extremos más remotos de la isla, situado 18 kilómetros al noreste de las zonas residenciales. La travesía es larga, el secreto parece estar bien guardado. A mitad de camino, el asfalto se convierte en piedra y tierra. Esto disminuye la marcha de los vehículos, que sólo pueden acercarse hasta un lugar donde se debe estacionar y seguir una hora a pie. Durante ese tiempo se transita un escenario magnífico: vista privilegiada al Golfo Hauraki y montes verdes decorados con piedras gigantes que datan de una explosión volcánica de hace más de ocho millones de años. Son esas raras formaciones rocosas las que le dan nombre en inglés al histórico Stony Batter.

Stony Batter funcionó durante la Segunda Guerra Mundial como un emplazamiento militar, donde se instalaron las baterías de armas más grandes con las que jamás contó Nueva Zelanda. Tras la entrada de Japón al conflicto, en 1941, Waiheke fue elegido por su posición estratégica y más de 200 hombres fueron dedicados a construir este fuerte en absoluto secreto, que contó con el objetivo de defender al país frente a un posible ataque de flotas enemigas.

Hoy, es considerado un tesoro histórico por los habitantes de Nueva Zelanda, quienes se han dedicado a restaurarlo, conservarlo y se ofrecen voluntariamente a mantenerlo abierto todo el año. Ellos mismos ofician de guías para recorrer la red de túneles subterráneos, de más de un kilómetro, que en aquel momento funcionaron como refugios y almacenes de municiones. Una linterna basta para vencer la oscuridad y apreciar esta genialidad de la ingeniería.

Tal como cuentan durante el paseo, afortunadamente nunca fue necesario disparar, razón por la cual en la década de sesenta toda la maquinaria fue desarmada y vendida como chatarra. Sin embargo, para los lugareños es importante mantener cuidado este sitio, que hace de Waiheke un lugar histórico a nivel mundial.

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“Kia ora ‘i teia ra”. Con esas palabras nos saluda Mel, mientras se saca el gorro y deja que de su cabeza se suelten unas largas rastas. En su lengua, significa “buen día”. Es descendiente de maoríes, raza fundadora de estas tierras, hoy conocidas como Nueva Zelanda. A pesar de los años y los cambios en la sociedad, Mel mantiene muchas de las tradiciones de su cultura. El idioma, una de ellas.

Esta mujer de 31 de años reparte su vida entre la música y su hijo, Te Ahiri (“El guía”). Hoy, su historia transcurre en Waiheke, tierra donde los maoríes son minoría.

Su primer contacto con la música fue cuando tenía sólo cinco años. “Me acuerdo de estar cantando antes de ir al colegio, eso me hacía salir feliz de mi casa. Con el tiempo me di cuenta que a través de la música podía expresar diferentes ideas”, señala, dejando en claro que el mensaje más importante es la defensa de su cultura.

A comienzos de este año, Mel organizó junto a otros músicos neozelandeses, un festival en contra del Waitangi Day, fecha en que se conmemora la firma del acuerdo por el cual Nueva Zelanda comenzó a formar parte del Imperio Británico. “Nosotros estamos en contra de que se festeje la colonización. Se quedaron con nuestros símbolos y emblemas”, enfatiza Mel, quien además, durante el 2008, participó de un suceso histórico para el país. El gobierno le reconoció a los maoríes el derecho sobre más de 170 mil hectáreas. “Fue un triunfo a tantos años de lucha. Juntamos más de cien mil firmas y recibimos el apoyo de diferentes comunidades”, remarca con un tono de orgullo.

La política se pasa a un costado y la música toma protagonismo. Por un momento el ruido de las hojas de los árboles es interrumpido por una voz que nos deja asombrados por varios minutos. Mel comienza a cantar a capela una de sus canciones preferidas. En sus palabras, nos deja en claro cuáles son sus fuentes de inspiración: “Mi hijo, mis ancestros, mi cultura y Jah, son las razones que me motivan para intentar cambiar, desde el lugar en el que estoy, al mundo donde vivimos todos”.

Una voz privilegiada y un espíritu de lucha poco usual para estos tiempos. Mel se despide, nos agradece y apoya su frente en cada una de las nuestras como señal de respeto y saludo maorí. Sus rastas se esconden nuevamente en el gorro. “Libertad en las mentes, esa es la clave de todo”, sentencia con una sonrisa en su cara. Una mujer que no olvida sus orígenes y transita el camino de la redención.

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Un largo camino al cielo

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Tiene un look netamente playero: bronceado, remera, bermuda y ojotas hawaianas.  A simple vista podría ser mozo, barman o cheff de cualquiera de los comercios de una ciudad veraniega como lo es Waiheke.  Sin embargo no se dedica a ninguna de estas ramas. Sergio es Pastor Evangelista y está a cargo de la Iglesia Asamblea de Dios.  Su vida esconde una larga historia como viajero que se remonta al año 91, cuando con tan sólo veinte años decidió dejar el país que lo vio crecer para convertirse en el protagonista de una historia de creencias y fe.  Durante sus primeros diez años fuera del país vivió en Australia y en el 2003 desembarcó en Nueva Zelanda.

“Dios me llamo para hacer mi trabajo en Waiheke. Las otras cinco iglesias de la isla están apuntadas a la gente mayor y nosotros quisimos destinar nuestras fuerzas a construir algo para los jóvenes”, comenta Sergio, oriundo de Ramos Mejía, y agrega con un tono de preocupación: “Los pibes de acá tienen pocos problemas y bastante dinero, lo que termina siendo una combinación fatal que suele terminar en el alcohol y las drogas”. Mientras camina por Oneroa, epicentro de la isla donde se encuentra la capilla, cuenta que arrancó con un grupo de sólo tres chicos a los que les enseñaba pasajes de la Biblia. Con el correr de los meses el número fue aumentando y al día de hoy son casi 100 los jóvenes que forman parte de la iglesia.

“Son 16 años, pero para mí es un vida”, define acerca de su estadía fuera de Argentina. El motivo de su partida, como la de tantos otros, se debió a su situación económica. Eran los primeros años de la década menemista y el comercio de su padre tenía que bajar las cortinas definitivamente. “El último tiempo antes de venirme vendíamos bombachas y corpiños, pero ese negocio también anduvo mal. La desesperación me pudo y un día me levanté decidido a irme. Usé todos mis ahorros para comprar un pasaje, armé una mochila y me fui con la guita justa”, relata. El destino elegido fue Melbourne, Australia, donde Sergio tenía una tía que le ofreció alojamiento los primeros días. “Llegué sin saber una sola palabra de inglés. Arranqué a buscar trabajo sin importar de qué fuera, y la vida me cruzó a un italiano que me ofreció trabajar como pintor. Yo jamás había agarrado un rodillo, pero la desesperación no me hizo dudar ni un segundo” dice Sergio, mientras una pareja de japoneses que pasa lo saluda desde la vereda de enfrente. Después de su experiencia como pintor Sergio comenzó a trabajar para una empresa que demolía casas. “Nos pagaban para  destruirlas, pero a veces, en vez de bajarlas, las cortábamos de raíz, las metíamos en trailers y nos las llevábamos al campo donde las remodelábamos y después las revendíamos. Medio chanta lo nuestro, pero había que rebuscárselas como fuera y en ese entonces no tenía Dios que me pare.” confiesa entre risas pícaras.

Según él, Dios apareció en su vida a través de su padre. Mientras se encontraba en Australia, recibió un llamado desde Argentina. Del otro lado del teléfono, su hermano. La noticia, su padre había sido diagnosticado con cáncer. “Fue devastador. La enfermedad estaba bastante avanzada, así que lo primero que se me ocurrió fue volver a Argentina para estar con él durante el último tiempo. Sin embargo, decidí hacer al revés. Me lo traje a Australia para que se pudiera tratar”. Los chequeos que le realizaron en Oceanía no fueron nada alentadores: a su padre le dieron pocas semanas de vida. “Pero pasó algo” comenta, mientras detiene la caminata y sus ojos se cristalizan. “Un día decidimos hacer una cena, a la que entre otras personas, concurrió un amigo mío que era cura. Hasta ese entonces, tanto mi viejo como yo, éramos ateos totales, pero esta persona nos convenció para que mi papá se confesara y pasara la otra vida libre de pecados. Terminada la confesión el cura nos prometió rezar para que el cáncer desapareciera de su cuerpo”. Con el correr de los días, Sergio y su padre siguieron de hospital en hospital realizando exámenes y chequeos, hasta que una mañana recibieron el llamado de un médico que cambió para siempre la fe de Sergio: la enfermedad había comenzado a desaparecer. “Fue ese el momento en el que sentí el poder de Dios” asegura Sergio. “Lo llamé a mi amigo, le dije que sus oraciones habían producido el milagro y le aseguré que yo quería poder hacer lo mismo por otra gente que lo necesitara”. A partir de ese momento la vida de Sergio dio un giro de 180 grados. No sólo porque su padre comenzó a ganarle la batalla al cáncer hasta hacerlo desaparecer, sino porque decidió volcar todas sus energías a la actividad religiosa.

Hoy, dado que toda su obra religiosa es ad honorem, Sergio se mantiene gracias al oficio que nunca lo abandonó desde que llegó a Oceanía: sigue pintando casas en Waiheke y Auckland. Además, está planeando importar a Nueva Zelanda alfajores que se producen en Australia “Se llaman ‘Latin Passion’ y la receta es argentina, así que van a ser un éxito”, asegura confiado.

La noche asoma y Sergio se despide de sus fieles. Su look se modifica. De playero a motoquero. Campera de cuero, gafas y casco son los elementos que lo acompañan a la hora de viajar en su Yamaha negra. En un instante se perderá entre la oscuridad de la calle. Ahí va la historia de un argentino más que decidió rehacer su vida en otra parte del mundo y hoy, busca un camino cerca de la Fe. Ahí va el pibe que salió de Ramos Mejía como vendedor ambulante y hoy es Pastor en esta diminuta isla a un océano de distancia de su país natal.

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