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‘Personajes’

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Apenas pasan unos autos. Hoy es domingo y casi ninguno se detiene. Todos vienen con los asientos ocupados. Hijos, amigos, tablas de surf y perros no dejan lugar vacío. En 15 minutos, este lavacopas tiene que estar frente a una pileta repleta de platos y cacerolas. Mientras la preocupación va en aumento, el dedo pulgar a 90 grados sigue firme como estatua tratando de conmover a algún conductor. El sudor comienza a correr por mi cara y mis pensamientos se van hacia alguna de las playas de esta pequeña isla de Nueva Zelanda, Waiheke. De repente, ese sueño se ve frustrado. Una camioneta se detiene. No hay vuelta atrás. Hay que ir a trabajar.

Un hombre canoso de pelo largo es el chofer en esta ocasión. Puede dejarme a mitad de camino. El tiempo es mi enemigo y antes de pensar mi respuesta, ya estoy en el asiento del acompañante abrochando mi cinturón. Mientras el auto comienza a marchar por la calle principal, surge la conversación. Mi acento y mi aspecto son diferentes a los de un kiwi, como llaman a los que nacieron aquí. Soy una novedad en esta isla de seis mil habitantes. Las preguntas típicas acerca de dónde soy, qué estoy haciendo aquí y todos esos interrogantes que sirven para que el viaje sea un poco más agradable, se suceden una a una. Mientras, por las ventanas se ven playas y casas que parecen las de un barrio de alguna serie yankee, donde todo está limpio y reluciente. Le cuento que soy argentino, que estoy llevando a cabo un proyecto periodístico junto a dos colegas y que lavo copas en el bar más concurrido de toda la isla. Él comenta que es inglés, que vive aquí hace más de quince años y que se fue de su Inglaterra natal durante su adolescencia, pensando en viajar por unos meses que luego se transformaron en años.

El hombre llega al supermercado. Fin del camino, al menos del suyo. Sin embargo, el auto no se detiene. Dice que no hay problema, tiene tiempo para llevar a un lavacopas hasta su trabajo. Y de contarle que es el único hombre en todo el mundo que organiza viajes en moto a la India, uno de los países con más historia del mundo, una meca espiritual, turística, cultural. Un viaje.

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“Entrenar dos veces a la semana era algo insoportable. Necesitaba descargar energías y quería jugar al futbol, pero no me gustaba que un director técnico me dijera lo que tenia que hacer. Un día me cansé y probé con la patineta de juguete que tenía en casa”, cuenta Martín Di Marco, sentado en el skatepark de Waiheke, Nueva Zelanda. Ya pasaron casi 13 años de aquella vez, su primera experiencia arriba de una tabla. Desde aquel entonces, Martín ha dedicado cada uno de los días de su vida al skate, una práctica con poca difusión en Argentina que obliga a los mejores del país a emigrar hacia otros destinos, en busca de logros deportivos y económicos.

“No tenia ni idea de como andar. Mis amigos del barrio me llevaron a las rampas del hospital Garraham y ahí empecé a probar. Cada cosa que intentaba hacer me salía. De a poco le fui agarrando la mano y andar en skate se convirtió en algo esencial para mi vida”, señala este joven de 25 anos, oriundo del barrio porteño de San Cristóbal. Su destreza en el deporte creció a la par de su pasión por el dibujo. Las tardes interminables sobre la tabla se coronaban con noches solitarias de pintura. Martín tenía bien en claro que quería explotar su faceta artística, pero por momentos pensaba en eso como una utopía. “En Argentina, intentar vivir de un deporte extremo como el skate o bien del dibujo es algo casi imposible”, argumenta Martín y agrega que el objetivo de probar suerte en otro país siempre fue una meta: “Nunca me había sido posible viajar, hasta que el año pasado se me presentó la posibilidad de venir a Nueva Zelanda y no tardé ni un día en sacar el pasaje”.

En más de doce años de dedicación, Martín, pasó por todo tipo de torneos, competencias y centros de skate de Buenos Aires. La necesidad de viajar surgió a raíz de proponerse nuevos objetivos, ya que “sentía que en Argentina había tocado techo”. Así fue como renunció a su trabajo de vendedor en un local de skate, agarró algo de ropa, sus tablas, sus lápices para dibujar y se marchó. “Viajar por Nueva Zelanda me dio la posibilidad de conocer mucha gente y mostrar lo que hago. Pero no me puedo olvidar que tengo que morfar, así que conseguí un trabajo de lavacopas, que debe ser el peor laburo del mundo, pero me ayuda a sobrevivir para seguir luchando por mi sueño”, cuenta mientras descansa al costado de la pista de skate donde entrena en cada uno de sus momentos libres.

El hecho mas trascendente de su viaje ocurrió hace un mes, cuando le llegó la invitación para poder participar de una exhibición con sede en Australia, a la que asisten los mejores skaters del mundo. Sin dudarlo un segundo, Martín voló rumbo Sydney y exhibió lo que sabe hacer. “Cumplí un sueño. Patinar con los más grosos del planeta es algo que ya no me puede sacar nadie. Me pude mostrar delante de mucha gente importante y eso es clave. Recibí varias propuestas, tanto como para desarrollar mi carrera deportiva como para explotar mi faceta como dibujante. Algunos diseñadores de ropa del ambiente me propusieron que les presente bocetos de mis trabajos para contratarme como dibujante para sus marcas”.

Mientras cuenta con orgullo cada uno de los detalles de su viaje por Australia, Martín se transforma: los ojos le brillan, su voz se escucha diferente y hasta esboza una sonrisa distinta. Martín tendrá que seguir luchando, el sabe que es un camino largo y complicado pero parece no importarle las piedras que tenga que saltar mientras pueda seguir haciendo lo que mas le gusta: andar en skate.

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Andrew anda siempre con el mismo jean roto, un saco avejentado y una gorra que tiene más años que él. No tiene dirección, ni residencia fija. Él mismo sentencia que su lugar en el mundo es la calle. “Toco allí porque no existen jefes ni horarios”, cuenta mientras desenfunda su guitarra de un estuche pintarrajeado con aerosol naranja.

Más conocido como Andy Blue, este músico de largos 40 años ha recorrido el mundo cantando en esquinas de grandes ciudades como también en remotos pueblos perdidos. “Estuve en muchos lados, desde Londres hasta la India. Cada lugar es diferente y tiene su encanto propio, pero mi favorito es Escocia.”, agrega Andy, ya que para él “no existe un público tan receptivo como el que camina por las calles de Edimburgo. Sobre todo los jóvenes se quedaban escuchando horas mientras yo improvisaba acordes en la puerta de algún negocio de por ahí”, resalta mientras apaga un cigarrillo y sin perder tiempo empieza a enrolar uno nuevo.

Nacido en plena década del 60 en un suburbio de Auckland (Birkinhead), Andy se crió escuchando rock. “Mis canciones de cuna fueron los temas de Dylan y Hendrix. Creo que sabía tocar la guitarra antes de aprender a sumar”, confiesa, y agrega: “Mi padre era músico y de él herede la pasión por las cuerdas. Cuando tenía sólo cuatro años me compró mi primer instrumento y desde ese momento nunca dejé de tocar”.

Empezó zapando en las calles de Auckland a los 19 años. Gracias a la espectacularidad de sus temas combinada con la generosidad de la gente que tiró algunas monedas en su gorra, en poco tiempo logró ahorrar dinero para viajar. Su primer destino fue Los Ángeles. “Estados Unidos fue un buen comienzo. Luego seguí camino a Europa y más tarde a Asia. Viajé por más de 16 años”, recuerda.

Hace algunos años Andrew volvió a Nueva Zelanda, más precisamente a Waiheke Island. En esta pequeña isla deleita hoy a quienes caminan por los cafés y bares de la zona céntrica, aunque revela que en poco tiempo viajará a América Latina “Espero conocer a muchos músicos criollos”, dice.

Con un poco de suerte tal vez se lo crucen por alguna peatonal de Buenos Aires y recién ahí entenderán por qué es imposible no detenerse a escuchar cuando Andy hace sonar su guitarra.

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