Cuando se le pregunta a un argentino que vive en el exterior qué es lo que más extraña de su país, las respuestas suelen variar: muchos dicen la familia, otros el fútbol, el dulce de leche, el mate o el tango. Sin embargo hay una respuesta que siempre es común a todos: no hay nada que se extrañe más que un buen asado criollo.
Hace cuatro meses un experto en la materia desembarcó en Nueva Zelanda para cambiar la historia. Su nombre es Iván y asegura: “el problema no es la carne en sí, el problema son los cortes. Las vacas de Argentina y las de acá se crían y se alimentan de manera similar, pero en Oceanía cortan la res de una manera diferente que no la hace tan sabrosa como la nuestra. Además tiran todos los intestinos a la basura por cuestiones sanitarias”. Tal vez la precisión de su respuesta deslice un tono de frialdad, pero cierra con un “¡Estos tipos no saben lo que se pierden!”, que garantiza es otro argentino más lejos de casa.
El calificativo “experto” no es caprichoso. Él no es unos de esos que se acercan al asador y le dicen “Che, me parece que a eso le falta fuego”. No, Iván es carnicero y asador de oficio. Oriundo de Isidro Casanova, Provincia de Buenos Aires, a los 13 años dejó el colegio secundario porque según él los libros no eran lo suyo y desde entonces se dedicó a trabajar para poder darse sus gustos. “Por suerte nunca tuve la necesidad de trabajar para mantener a mi familia, pero no voy a negar que pasamos tiempos duros en los que teníamos que ahorrar hasta la pasta de dientes”, recuerda. Arrancó ayudando en la carnicería de su padre “por diversión” y más tarde se animó a trabajar por su cuenta: a los 15 años decidió poner un delivery de pollos. “Veía que todo el barrio compraba los fines de semana y me animé a poner un cartel en la puerta de mi casa. Tuve meses de muchísimos pedidos y ahí empecé a ahorrar unos pesos”, asegura y agrega que sus primeros ahorros fueron destinados a recorrer Rosario y Tandil con amigos. “A raíz de esa experiencia me di cuenta lo que significaba viajar, pero jamás pensé que iba a llegar tan lejos”.
Con sus 20 años, Iván es otro de los jóvenes que se sumó al furor de los viajes a Nueva Zelanda. “Tenía ganas de venir acá porque me habían contado que era fácil conseguir laburo y que no costaba nada que te den la visa. El problema es que no tenía plata para el pasaje, pero un amigo que trabaja en una aerolínea me consiguió un vuelo muy barato y no lo dudé ni un segundo.”, recuerda. “Cuando llegué, empecé a buscar trabajo por donde arrancan todos: hoteles y restaurantes, pero para eso hace falta un nivel de inglés avanzado y yo todavía andaba flojo, así que me fui a lo seguro, el campo. Mientras esperaba una respuesta a ver si iba a tener que juntar manzanas o uvas, me metí en una carnicería para ver qué vendían y me animé a preguntar si necesitaban a alguien. De primera me dijeron que no porque sólo contrataban a gente que conociera el oficio. Ahí mismo me inspiré con el idioma, les detallé toda mi experiencia y les dejé mi teléfono. Al día siguiente me llamaron y arranqué”, dice casi sin poder creerlo incluso ahora.
Iván reconoce que los primeros días fueron más duros de lo que esperaba “No entendía absolutamente nada, era como empezar de cero, me sentía como cuando mi viejo me pasó por primera vez la cuchilla. Los cortes tienen otros nombres, otros tamaños, otras formas. Ni si quiera parecido a lo nuestro”. Confiesa que al final de la primera semana ya estaba un poco más aceitado, pero que le costó casi quince días poder hacer todo por cuenta propia. “Una vez que agarré confianza le dije a Michael, el dueño, si alguna vez había probado chorizo argentino. Me dijo que no, pero que si me animaba podía hacer una tanda y se lo daba a probar”. Como era de esperar, el embutido criollo no lo defraudó y a la semana lo estaban vendiendo a 23 dólares el kilo, más del doble de lo que se vende el chorizo normal. “Como eso fue un éxito después hice algunos cortes de carne argentinos que también dieron resultado: tapa, tira y cada tanto lomo”, cuenta orgulloso.
Muchos ya lo conocen como el “Argentinian Butcher” (el carnicero argentino) y le encargan cortes por adelantado. “Yo les recomiendo que cocinen la carne bien lento; les traté de explicar nuestra técnica, pero no tienen paciencia para asar la carne 3 horas”. Por este motivo, Iván comenzó a organizar asados para la comunidad del lugar y son todo un éxito “La semana pasada nos llamaron para un casamiento, salió muy bien, hicimos hasta corderito a la cruz. Pensá que para ellos, acostumbrados a comprar la carne congelada del supermercado y tirarla a una parrilla a gas, todo esto es una experiencia nueva. Y ni te cuento si llegamos a conseguir achuras, se van a volver locos”, exclama con expresión de deseo.
Es hora de volver a la carnicería para Iván, se terminó su recreo. El resto del día va a ser agitado y encima hoy tiene el evento más importante desde que llegó: prometió agasajar a esos argentinos que suplicaban por comer un asado “de verdad”. Por suerte, estamos invitados.




