Dar el paso al vacío. Ese instante de coraje, inconciencia y locura que sólo unos pocos se animan a experimentar. A nuestros pies, una vista privilegiada de la bahía Auckland. En el cuerpo, una sensación de adrenalina nunca antes vivida. Estamos parados sobre la Sky Tower (Torre al cielo), a segundos de arrojarnos de 192 metros de altura.
Todo comienza en el subsuelo de la torre. Un grupo de guías nos recibe en un hall repleto de pantallas, fotos y merchandising de este ícono de la ciudad. Antes de comenzar a cambiarnos, nos entregan un papel. Accidente y responsabilidad son algunas de las palabras que se distinguen. Tenemos que firmar que ante cualquier problema, los únicos responsables somos nosotros. El miedo nos invade. Somos conscientes de que el peligro existe. Una vez cambiados, el ascensor es el encargado de depositarnos en el último piso.
Mientras nos elevamos sobre esta gran torre de comunicaciones el nerviosismo se incrementa a pasos agigantados. Atrás quedaron los pisos de oficinas, los lujosos restaurantes con una vista excepcional y el casino más grande del país. Nada de todo eso importa, la puerta se abre y la flecha de Sky Jump (salto del cielo) indica la dirección en que debemos caminar para saltar. Un pasillo angosto nos separa del cubo vidriado donde nos esperan para ajustar los últimos detalles. La vista de la ciudad asusta, se pueden apreciar con claridad los distintos barrios, la costa y las islas vecinas. La gente que camina por la calle tiene el tamaño de una hormiga. La ciudad se convirtió en una maqueta.
Charla técnica con los instructores, arneses asegurados, palmada en la espalda y a caminar por la pasarela. El aire sopla fuerte y los sentidos se agudizan. Los pulgares en alto de los supervisores dan la señal de “listo”. Es el momento de respirar profundo y volar. Allí vamos. La adrenalina llega a su punto máximo y no disminuye por casi diez segundos, hasta que se toca tierra otra vez.


